Cuentan que Arjún guardaba una luz en el ojo,
y que la noche del mundo bajó a quitársela un día.
Le quemaron la casa, le borraron el nombre,
le cortaron las manos con que música hacía.
Cuando le arrancaron las uñas, sonrió.
Cuando le cortaron las manos, rió.
Solo cuando le sacaron el ojo, lloró y murió.
Pero dicen los viejos —y quién sabe si es cierto—
que esa luz no se apaga: se esconde, y se hereda;
que mientras quede una nota que alguien sepa cantar,
los ojos de Arjún despiertan donde menos se espera.
— De La leyenda de Arjún, romance viejo del cancionero del Frok
Cerró la puerta y arrastró una silla para trabar el picaporte.
Era una silla de posada, vieja, con una pata más corta que las otras. La encajó bajo el pomo de hierro y se apartó paso a paso, sin darle la espalda a la puerta, hasta sentir el marco de la ventana entre los hombros. Miró el cuarto de una ojeada: una cama deshecha, un jergón con la paja afuera, una palangana rajada y una vela consumida casi hasta el plato. No había otra salida. La ventana daba a tres pisos de caída. Abajo lo esperaban.
Aguzó el oído. Oyó el quejido distinto de cada tabla bajo sus botas, como teclas. Oyó el viento colarse por las rendijas del postigo. En un rincón del techo, una araña tensaba un hilo con un roce paciente que le llegaba claro. Más lejos sonaban las ranas de una acequia, el río arrastrándose en la oscuridad, el pasto del campo moviéndose como un animal grande que respiraba. Todo lo que existía tenía un sonido, aunque fuera apenas el suspiro de estar quieto.
No oía a sus perseguidores.
Sabía que subían. El aire cambiaba en la escalera y las tablas transmitían una vibración sin peso, pero no llegaba el roce de la ropa contra los muslos ni el golpe de una bota contra un escalón. Tampoco la respiración, el corazón, ese rumor bajo y continuo de una persona habitada por dentro. Eran como cántaros vacíos. Alguien les había borrado, uno por uno, los sonidos de estar vivos y había dejado caminar los caparazones. Ya debían de haber alcanzado el segundo piso.
Conocía aquel silencio. Lo había visto extenderse pueblo por pueblo, año tras año, como una mancha de aceite en el agua. Lo temía más que a cualquier ejército. Un ejército suena, y a lo que suena se le puede ganar.
Desenvainó la espada, apoyó la hoja fría contra la frente y cerró los ojos. Empezó a recitar las palabras que le habían enseñado antes de que supiera hablar bien. En su cofradía se pasaban de boca en boca. Casi nadie recordaba ya qué significaban, pero todos conocían la melodía precisa y el orden que no admitía una sílaba fuera de sitio. La lengua recordaba el ritmo.
Dejó que el miedo subiera hasta llenarlo. Después levantó por dentro una represa y lo mandó entero hacia la hoja.
El acero vibró en su mano. La nota, grave al principio, le subió por los huesos del brazo hasta el hombro, y una luz azul le corrió por el filo.
No oyó la silla estrellarse contra la pared cuando reventaron la puerta. No oyó las astillas. Siguió recitando y sintió una rozarle la mejilla. El aire del pasillo entró al cuarto con olor a polvo, sudor y hierro.
El primer tajo, guiado por el aire que se arremolinaba alrededor del bulto que entraba, fue limpio. Una cabeza rodó por las tablas y fue a detenerse entre los restos de la cama. Dio tres pasos hacia la izquierda, giró y cercenó un brazo que cayó todavía aferrado a un cuchillo. Peleó con los ojos cerrados. La canción sostenía la hoja y el movimiento del aire le bastaba para encontrar los cuerpos. Uno llegó por la derecha con un arma corta. El guerrero oyó el filo partir el aire junto a su oreja, se agachó y respondió desde abajo.
Cayeron cuatro antes de que su espada chocara contra otro acero. Entonces sí abrió los ojos. Frente a él había un hombre de ojos tan opacos que la luz de la vela no se reflejaba en ellos. El pecho le subía y bajaba despacio. No se oía respirar. Estaba vivo y no sonaba.
El guerrero perdió una palabra de la canción. La hoja parpadeó y un hilo de la fuerza acumulada se le escapó con un escalofrío. Cerró los ojos durante un latido, encontró el lugar de la melodía donde había tropezado y recuperó la nota.
—No puedes ganar —dijo el hombre. Tenía la voz de alguien que lee en alto una lista de números—. Vendrán más. Morirás.
El guerrero no contestó. Las espadas se trabaron y se soltaron, una echando chispas y luz, la otra muda y gris, comiéndose el reflejo de la vela.
—Entrégamelo. Te dejaremos morir rápido.
Solo necesitaba unos instantes. El azul se hacía más hondo y por el filo empezaban a correr unas venas rojas, finas como raíces buscando agua.
—Morirás por nada —dijo el hombre—. De todos modos lo tendremos. A él. Y lo que llevas.
El guerrero miró por el rabillo del ojo hacia el patio de la posada. Tuvo que apretar la mandíbula para sostener el rezo.
Abajo esperaba una multitud. No diez ni veinte: decenas, quietos en la oscuridad, con las caras levantadas hacia la ventana. Ninguna antorcha, ningún murmullo, ni el pisoteo, la tos o el carraspeo de una muchedumbre de hombres vivos. Él, que oía a una araña tejer al otro lado de un cuarto, no los había sentido llegar. En el pasillo, una tabla se hundió sin crujir.
Saltó hacia atrás, empujándose contra la espada del enemigo, y cayó junto a la ventana. El hombre bajó el arma sin apuro. Los labios se le movieron hacia los lados, pero la sonrisa no le llegó a ninguna parte. El guerrero cerró los ojos. La espada vibraba tanto que casi le dolían los dedos.
—Perdóname, Ayjhu —susurró, y por un momento, uno solo, dejó de rezar—. No hay otra manera.
Después alzó la voz para que lo oyeran los de adentro y los de abajo.
—¡Nunca tendrán lo que buscan! ¡Mientras exista una sola nota, el silencio no prevalecerá!
El rostro del hombre no cambió. El guerrero tomó la espada con las dos manos, la dio vuelta, apoyó la punta contra su propio pecho y se la hundió.
Se oyó un trueno nacido en la hoja, y la tierra empezó a temblar. La luz azul y roja del filo entró en su cuerpo. Por un instante brilló de adentro hacia afuera con un resplandor anaranjado que llenó el cuarto y les devolvió color a las caras de sus enemigos. Luego la luz se recogió en su ojo izquierdo y se apagó.
Todo quedó a oscuras. Cuando la llama de la vela volvió a afirmarse, el iris izquierdo del guerrero estaba blanco, lechoso, y el ojo había dejado de ver.
—Ayjhu, protégelo con tu vida —dijo con el aliento que le quedaba—. Nuestro hijo es la última esperanza contra el silencio.
Cayó de rodillas y después de costado, despacio, como un árbol al que terminaron de cortar.
Lo último que vio, con el ojo que todavía veía, fue la cara del hombre. No había cambiado ante la espada, las palabras ni la muerte de cuatro de los suyos. Ahora la boca se le tensó. Fue un gesto chico y rápido, pero el guerrero había pasado la vida leyendo lo que la gente callaba.
Rabia.
No son invencibles, después de todo, pensó.
Y murió sonriendo.
Con el ruido de un cántaro que se quiebra contra el suelo, Alvhen despertó.
Se sentó en el borde de la cama y tardó un momento en reconocer el cuarto de la posada. Le costaba respirar. La camisa se le pegaba a la espalda y el corazón le golpeaba como si hubiera sido él quien sostuvo aquella espada. Apretó las manos. Las arrugas de las sábanas le habían marcado las palmas. Bajo sus pies descalzos, las tablas todavía vibraban con el final de un temblor.
Soltó el aire despacio, contando, como le había enseñado su madre cuando era niño y los sueños no lo soltaban. Cinco temblores en menos de dos semanas. Alvhen había viajado por tierras donde la gente apenas levantaba la vista del plato cuando el suelo se movía. Eplye era así en muchas partes. Pero aquel temblor había terminado con un cántaro que nunca había estado en el cuarto. El cántaro lo había roto el sueño.
A veces Alvhen soñaba cosas que luego ocurrían. Una helada temprana, la cara de un comprador que aparecía al día siguiente, una vaca perdida en el mismo bajo donde la encontraba su dueño. Casi siempre eran sucesos pequeños. Su madre había llevado el mismo don con más paciencia. Decía que era regalo o molestia según el día. También decía que el don al que se le pide miente. El que llega solo, no.
El sueño ya empezaba a deshacerse. Alvhen no lograba recordar la cara del guerrero, la posada ni la tierra por la que huía. Le quedaban dos clavos hundidos en la memoria. Uno era un nombre: Ayjhu. Lo repitió en voz baja para fijarlo. No conocía a ninguna Ayjhu. El otro era el frío de estar en un cuarto y sentir subir por la escalera a hombres que no hacían ruido. El silencio de quienes no debían estar callados.
Se levantó y fue hasta la ventana. Aún no amanecía, pero el cielo empezaba a aclarar sobre los tejados de paja. Era hora de marcharse. Ya no iba a dormir, y nunca le había gustado dejar que el día lo encontrara en cama ajena.
Se vistió despacio para no despertar la posada: pantalones de tela parda, una camisa blanca y las botas, más viejas que algunos de sus clientes, lustradas tantas veces que ya no había qué lustrar. Después se ató al cuello la capa que lo acompañaba desde hacía años, naranja de juglar por una cara y gris de viajero por la otra. Casi siempre llevaba el naranja hacia afuera porque la gente compra antes la música a un hombre de capa alegre. Esa mañana volvió la tela entre las manos, dejó el gris a la vista y se caló la capucha.
Mientras recogía sus cosas, se descubrió silbando La leyenda de Arjún. Conocía la melodía desde niño, igual que medio mundo. Era tan vieja que nadie sabía quién la había compuesto ni dónde se había cantado por primera vez. La melodía lo acompañó mientras se cruzaba el morral al hombro. Al llegar al verso del ojo, la voz se le quebró y tuvo que empezar de nuevo.
Junto a la cama esperaba un estuche largo de cuero. Lo levantó con el cuidado que habría puesto en un niño dormido. Adentro llevaba un laúd de madera clara que había tardado medio año en construir. Había vendido laúdes mejores y más caros, pero ese era suyo y no pensaba venderlo.
Bajó a la sala por la escalera angosta, evitando los peldaños que crujían. Olía a cerveza vieja, humo de leña apagada y guiso de cerdo recalentado. En las mesas quedaban manchas de jarros y migas de la noche anterior. Detrás de la barra, Traib frotaba con un trapo gris un vaso que ya estaba limpio. Miraba la madera de la barra. El trapo daba siempre la misma vuelta alrededor del vidrio, despacio, hasta regresar al punto de partida.
—¿Se marcha tan temprano, maestro Alvhen? —preguntó al verlo—. Si todavía no sale el sol, hombre. La escarcha no se ha levantado siquiera. ¿Por qué no se queda al desayuno? Mi mujer está por amasar. Pan caliente, un huevo. No se viaja bien con el estómago vacío y el cuerpo frío.
—Me encantaría, Traib, créame —dijo Alvhen, y era casi verdad—. Pero tengo un buen trecho por delante, y con los temblores los caminos andan mañosos. Prefiero hacer la parte fea con luz. —Se acercó a la barra—. Gracias por estos días. Comí bien, dormí seco, y eso, en mi oficio, es más de lo que uno pide.
—No me agradezca nada. —Traib dejó el vaso y le tendió las dos manos sobre la madera—. Gracias a usted. Este lugar volvió a tener color esta semana. ¿Sabe cuánto hacía que no se reía tanta gente bajo este techo? Desde antes de que se cayera el bosque, le digo. La gente viene, bebe callada, se va callada. Y usted llegó con esa cajita y de repente había canto y baile, y la Maela, que enviudó el invierno pasado, la vi sonreír el martes. Sonreír, maestro. Eso no se paga.
—No exagere. Yo solo les di un poco de música. Y le aseguro que me divertí tanto como ellos, o más. Tocar para gente que escucha de verdad es un lujo que no abunda. —Alvhen dejó una moneda junto a la mano del viejo—. Para las molestias. Y no acepto un no: si no la toma usted, ahí se queda, y la primera mosca que pase se hace rica.
Traib se rió, una risa corta y verdadera. No tomó la moneda ni la rechazó.
Alvhen salió a la madrugada. La brisa fría olía a los primeros fuegos y a tierra removida. Algunos vecinos ya trabajaban en las casas. La necesidad los había sacado temprano a reparar lo que el temblor aflojó durante la noche: una pared rajada, una teja caída, el brocal de un pozo. Después irían a los campos. El trigo no espera a que uno termine de tener miedo.
La primavera venía fría. Los adivinos del mercado, que de adivinos tenían lo que tienen todos, prometían una cosecha corta en la zona del Frok. Por una vez la gente les creía. El cielo llevaba días color de plomo.
Villa Verde era un puñado de casas pobres entre campos de trigo, en el interior de Garuga, a unos kilómetros del río. No vivían allí más de cien personas, todas atadas a la cosecha, todas con las manos partidas de la misma manera. El nombre le venía del Lomak, el bosque que hasta hacía una generación bajaba de las montañas y llegaba al borde del pueblo. Traib lo había conocido de niño. Recordaba animales del monte rondando los corrales por la noche y ramas golpeando los techos cuando soplaba desde las sierras. Ahora quedaba un campo de tocones grises que trepaba la falda de la montaña como una costra en la tierra.
Alvhen cruzó el pueblo silbando a Arjún. Los vecinos apenas lo miraron. Al dejar atrás las últimas casas, se apartó del camino hasta un roble viejo que crecía solo en la campiña, torcido por años de viento. Era el único árbol grande que la tala había dejado en pie. Se sentó contra el tronco, de cara al este, y abrió el estuche.
El laúd tenía ramas y hojas talladas a lo largo del mástil por su propia mano, de un tiempo en que todavía tallaba para sí mismo. Pulsó las cuerdas una por una. La tercera estaba un suspiro abajo por el viaje y el frío de la noche. Movió la clavija apenas, volvió a pulsar y escuchó hasta que quedó afinada. Esperó un poco más, con el pulgar sobre la madera, por si el temblor había dejado otra cuerda floja.
Entonces tocó una de sus melodías sin nombre, suave, para acompañar el amanecer. El sol asomó entre las nubes y encendió el borde de los campos. Los dedos anduvieron por las cuerdas y trajeron de vuelta el cántaro, el nombre de Ayjhu y la escalera llena de hombres sin sonido.
Alvhen cambió de acorde. La melodía regresó.
La tocó otra vez, más despacio. Cuando apartó los dedos, la tercera cuerda siguió vibrando bajo la luz nueva.