La posada que camina · Prólogo

La balada de los Espadacantos

Ilustración del prólogo — La balada de los Espadacantos

Dicen que a Arjún lo mataron despacio, y que por cada cosa que le quitaban cantaba más fuerte.
Que murió sin manos, sin nombre y sin ojo, y que seguía cantando cuando ya no le quedaba boca.
En la costa la cuentan distinta. En la costa dicen que no lo mataron: que se gastó él solo, para no dárselo a ellos.

— De La leyenda de Arjún

Hay una canción que se canta en todo el reino de Garuga, de la costa a la cordillera, y que ya casi nadie entiende.

La cantan los niños, sobre todo. La cantan saltando la cuerda, o dándose las palmas de a dos, cada vez más rápido hasta que alguien se equivoca y todos se ríen; y la cantan sin tener idea de lo que dicen, porque tiene una vuelta fácil y un estribillo que pide que lo griten a coro:

Filo que canta, filo que arde;
filo que calla, llegaste tarde.

Habla de unos hombres y mujeres que llevaban espada y cantaban. Cuando los acorralaban no pedían clemencia ni rezaban a nadie: cantaban. Cantaban con tanta fuerza y tan enteros que la muerte llegaba a buscarlos y se iba con las manos vacías. En la canción son altos y andan limpios, y la espada se les enciende en el puño como una rama ardiendo, y ningún enemigo les dura más de un verso. En la canción, los Espadacantos no pierden nunca.

Eran hijos de Arjún —eso dice la canción—, los herederos del que cantó mientras lo deshacían. Vivían junto al mar, en la Costa Plateada, en una casa grande de piedra blanca donde se aprendía al mismo tiempo a afinar una cuerda y a partir un escudo, porque para ellos eran el mismo oficio. Guardaban algo. La canción no dice bien qué: una llave, dice, o una nota, o un niño, o las tres cosas, que en las canciones viejas suelen ser lo mismo. Guardaban eso y lo pasaban de mano en mano por el mundo, de pueblo en pueblo, dejando una vela encendida en la ventana para quien venía huyendo, y cuando uno caía otro recogía la carga sin que se apagara la vela. Así, dice la canción, durante cientos de años.

Y cuando ya no había salida, cuando la cosa silenciosa que los buscaba les cerraba la última puerta, hacían lo único que les quedaba, que era también lo más hermoso: cantaban su Última Nota. No una canción para que sonara bien. Una nota sola, larga, que no se cortaba hasta que se les cortaba la vida, donde echaban de golpe todo lo que tenían adentro —el miedo, los años, el amor, la música entera de una vida— hasta quedar vacíos por su propia mano. Y entonces llegaba la muerte callada a robarles lo que cargaban, y no encontraba nada. Llegaba tarde. Filo que calla, llegaste tarde.

Es una canción preciosa. La gente la canta en las ferias y los niños la cantan al saltar la cuerda, y a nadie se le ocurre que esté llorando a nadie.

Porque esa es la canción. La verdad se canta peor, y por eso no se canta.

La verdad es que no eran figuras altas ni limpias. Eran gente, nada más: envejecían, les dolían las rodillas, a veces tenían miedo. La verdad es que no murieron en un verso, encendidos y gloriosos. Fueron cayendo durante años, en posadas de camino y en graneros prestados, cazados con paciencia por unos perseguidores que no hacían ningún ruido al subir una escalera; y cuando ya quedaban pocos, los cazaron de golpe, en una sola estación, como se arranca una raíz. A los Espadacantos no se les ganaba en duelo; se les ganaba esperando. Llegaban los callados, de noche, sin tos ni murmullo ni el peso de las botas en el escalón, y cuando uno cantaba su Última Nota para no dejarles nada, los otros tomaban nota del trueno y sabían que en alguna parte quedaba uno menos. La casa de piedra blanca junto al mar se fue quedando muda, cuarto por cuarto, vela por vela apagada, hasta que, un invierno, no quedó nadie que encendiera la última.

De toda la cofradía que cantaba con espada, al final del recuento quedó uno.

Uno solo. Viejo. Y lo único que sabía hacer en el mundo —pelear y cantar, que para él eran lo mismo— ya no servía para defender a una cofradía que no existía, sino apenas para seguir vivo y para buscar. Porque eso era lo que le quedaba: una carga sin entregar y un juramento sin nadie ante quien rendir cuentas. La última vela, encendida en una sola ventana, la suya, sin saber ya para quién la dejaba.

Lo que ninguno de los callados entendió nunca —ni les hacía falta entender— fue por qué la canción no se moría con los hombres y mujeres que la habían sostenido. Podían vaciar a una persona; lo hacían bien, era su oficio. Pero una persona no es una canción. A una canción que ya anda en mil bocas, que los niños cantan al saltar la cuerda sin saber qué dicen, esa no hay mano que la apague, porque no está en ningún sitio de donde puedan arrancarla. Cazaron a los Espadacantos hasta dejarlos en uno, y los Espadacantos siguieron cantando, desafinados y equivocados y vivos, en cada feria del reino. Tarde. Siempre llegaban tarde a lo único que de verdad querían callar.

Una tarde de finales de otoño, en un cruce de caminos cualquiera del interior de Garuga, un viejo se detuvo a oír cantar a unos niños.

Eran cuatro o cinco, sucios, flacos de ese hambre tranquila que ya ni se nota porque es la de todos, dándose las palmas a la puerta de un caserío de barro mientras esperaban no se sabía qué. Cantaban la canción. La cantaban mal, además: cambiaban un verso, se comían el estribillo, lo repetían más rápido para reírse. Filo que canta, filo que arde. Una niña marcaba el compás con un palo contra una piedra, y lo marcaba torcido, siempre atrasada, igual que aquel tamborilero de un pueblo muy al norte, hacía ya muchos años: no servía para tocar y lo dejaban tocar igual.

El viejo era alto y estaba encorvado, con la cara cruzada de cicatrices viejas y el pelo y la barba canos y sin peinar. Una capa gris de viaje, del color que elige quien no quiere que lo miren. A la espalda, una espada en una vaina gastada, con la empuñadura envuelta en cuerda para que no resbalara en la mano. No tenía nada que lo distinguiera de cualquier otro caminante pobre del reino, salvo, si uno se fijaba, el modo en que escuchaba: quieto del todo, la cabeza apenas ladeada, como quien mide una cosa por el oído antes de tocarla.

Escuchó la canción entera. La de su gente, convertida en juego de palmas, cantada por niños que no iban a saber nunca que estaban llorando a alguien.

No los corrigió. Pudo haberlo hecho. Pudo decirles que era mentira, que no había antorchas ni gloria, que sus hermanos habían muerto en cuartos pobres como los de ese caserío, con miedo, uno por uno; que él los había enterrado a casi todos y que a algunos no los había podido enterrar porque no quedó nada que enterrar. No dijo nada de eso. Que se quedaran con la canción linda. Era mejor que la verdadera, y a los muertos, pensó, no les iba a doler que los recordaran mejores de lo que habían sido. Era lo único que les quedaba a ellos, y lo único que él podía darles a los vivos: dejar la mentira en paz.

Llevaba años caminando así. No buscaba un lugar; buscaba un sonido. Una nota que, le habían jurado de joven, todavía andaba suelta por el mundo, escondida en alguien que no lo sabía, alguien a quien él tenía que encontrar antes de que lo encontraran los callados. Un rumor de feria, una copla cambiada, un mercader que contaba de un muchacho raro con un ojo de un color que no era de este lado del mundo. Hilos finísimos, casi siempre falsos. Los seguía todos. Era viejo y estaba cansado y le quedaba poco, y aun así los seguía todos, porque dejar de seguirlos era lo mismo que apagar la vela, y mientras él respirara la vela no se apagaba.

No lo sabía todavía —no podía saberlo, parado en ese cruce, oyendo a unos niños equivocarse de verso—, pero muy lejos, en algún bosque del norte sin nombre ni camino, un muchacho de ojos de dos colores empezaba a aprender, sin saber para qué, a oír el mundo más hondo de lo que ningún hombre lo oye. Le faltaban todavía años para arrodillarse entre los huesos de su gente y aprender a cantarles a los muertos. No sabía afinar todavía del todo el dolor. No sabía que lo que llevaba dentro era una vela en una ventana. No sabía que, en alguna parte, alguien que había pasado la vida escuchando llevaba demasiados años caminando hacia el único sonido que le importaba en el mundo, y que todavía no lo había oído.

Los niños terminaron la canción, se rieron de la que se había equivocado, y empezaron de nuevo desde el principio.

El viejo se acomodó la capa sobre los hombros, se caló la capucha, y siguió camino hacia el norte, despacio, siguiendo un hilo que esta vez —no tenía cómo saberlo, pero algo en los huesos viejos se lo decía— no era falso.

A sus espaldas, los niños cantaban:

Filo que canta, filo que arde;
filo que calla, llegaste tarde.

Esta vez, quizás, no.

◂ Volver El Libro II
Capítulo 1 ▸ Lo que queda de Chamizo — próximamente